Un estudio de patrones de incendio en la Patagonia argentina identificó qué tipos de vegetación nativa son intrínsecamente más o menos inflamables

A partir de un registro espacial de alta resolución que abarca más de dos décadas, las y los investigadores aportaron evidencia acerca de cómo interactúan el clima, la topografía, la vegetación nativa y la influencia humana en la ocurrencia y propagación de incendios forestales en el noroeste de esta región del país.

25 de febrero de 2026


A fin de avanzar en la comprensión de los múltiples factores que impulsan los incendios forestales —que incluyen el rol de la vegetación, los factores físicos y también los humanos— un grupo de investigadoras e investigadores de Argentina realizó una reconstrucción de alta resolución que abarcó 24 años de incendios. El estudio “Biotic and physical drivers of fire in northwestern Patagonia” reconstruyó todos los incendios forestales de 10 hectáreas o más ocurridos entre julio de 1998 y junio de 2022. El método utilizado fue un mapeo semiautomático basado en imágenes satelitales Landsat de 30 metros de resolución, complementado con edición manual y validación cartográfica.


El área analizada —casi 3 millones de hectáreas— incluyó la mayor parte de los bosques y matorrales continuos del noroeste de la Patagonia argentina, abarcando las provincias fitogeográficas altoandinas y subantárticas, y analizando únicamente comunidades nativas, que son las que dominan la región. Con todos estos datos, el trabajo permite comprender mejor por qué algunos ambientes se queman más que otros y ofrece insumos clave para el diseño de estrategias de manejo del fuego y de los combustibles.


En total se identificaron 234 incendios, que afectaron el 5,77% del área quemada. La gran mayoría de esa superficie se incendió una sola vez, y solo una fracción muy pequeña registró reincidencia en los incendios. Como ocurre en muchos regímenes de fuego, unos pocos incendios muy grandes concentraron la mayor parte del área quemada: el estudio consigna que poco más del 10% de los eventos explicó cerca del 80% de la superficie afectada.


Un estudio de patrones de incendio en la Patagonia argentina identificó qué tipos de vegetación nativa son intrínsecamente más o menos inflamables
A. Mapa del área de estudio que muestra los lagos y todos los incendios ≥ 10 ha ocurridos en 24 años, de julio de 1998 a junio de 2022.
B. Elevación y lagos, con etiquetas que indican las provincias argentinas que intersecan el área de estudio.
C. Tipos de vegetación en el área de estudio, modificado de Lara et al. (1999).

Los resultados muestran que la variación climática interanual controla fuertemente la actividad de incendios en la región. Tanto el número de incendios como el área quemada aumentaron en años más cálidos y secos, especialmente cuando los veranos calurosos fueron precedidos por primaveras con déficit de precipitaciones. Estas condiciones se asocian con la influencia de patrones climáticos de gran escala, como el Modo Anular Sur (SAM por su sigla en inglés) y El Niño–Oscilación del Sur (ENSO por su sigla en inglés).


La estacionalidad también es marcada: la actividad de incendios es prácticamente nula en invierno, aumenta en primavera y alcanza su máximo en verano, cuando los combustibles están más secos, permitiendo la ocurrencia de igniciones humanas y por rayos.


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Proporción anual de incendios en el paisaje (arriba) y número de incendios ≥ 10 ha (abajo) por año (barras), junto con la serie temporal de la variable climática con mayor efecto (temperatura e índice de peligrosidad de incendios, respectivamente; puntos y líneas). Las líneas punteadas y discontinuas muestran la media de las tendencia lineales estimadas por los modelos, ajustadas a cada variable.
Vegetación nativa e inflamabilidad: qué se quema más y por qué

El estudio advierte que al controlar los factores físicos los bosques húmedos, dominados por especies como el coihue o la lenga, mostraron la menor probabilidad de quema; mientras que los matorrales, dominados por especies como ñire, laura, radal, entre otras, fueron los menos afectados por el fuego. En ese sentido, los matorrales combinan alta carga de combustible fino, continuidad horizontal y vertical y mayor exposición a las condiciones atmosféricas, lo que favorece una rápida ignición y propagación del fuego. En contraste, los bosques cerrados generan microclimas más húmedos y sombreados que tienden a reducir la velocidad de propagación, al menos bajo condiciones climáticas no extremas.


“Bajo condiciones climáticas poco severas, los bosques maduros se queman menos que los matorrales, funcionando como amortiguadores del fuego. No significa que no se quemen, sino que el fuego se propaga más lento y puede extinguirse con mayor facilidad”, aporta Iván Barberá, investigador del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (CONICET) y la Universidad Nacional del Comahue.


En cambio, bajo condiciones atmosféricas extremas, como ser veranos secos y cálidos, con días de alta velocidad del viento, “todos los tipos de vegetación arden con facilidad, y el fuego puede quemar grandes extensiones de bosques. Bajo estas condiciones nuestros estudios sugieren que los bosques propagan el fuego a menor velocidad que matorrales o pastizales. Esto implica que si los bosques son reemplazados por matorrales, los incendios podrán propagarse con mayor facilidad, por lo que resulta deseable conservar y manejar los bosques, más allá de su elevado valor ecológico y cultural”, remarca Barberá, quien es primer autor del estudio.


Además, cuando se habla de vegetación “intrínsecamente más inflamable” no se hace referencia a especies exóticas: “En este estudio analizamos exclusivamente comunidades dominadas por especies nativas, que son las que ocupan la mayor parte del área de estudio, ya que no contábamos con datos sobre plantaciones o invasiones de especies exóticas como para analizarlos a gran escala. Sin embargo, otros estudios muestran que las plantaciones e invasiones por coníferas son intrínsecamente muy inflamables”, analiza el investigador.


“Cuando decimos que ciertas comunidades son intrínsecamente más inflamables nos referimos a que su elevada inflamabilidad no se debe a las condiciones climáticas o topográficas en donde se encuentran, sino a su elevada cantidad y continuidad de combustible fino, y a su menor contenido de humedad”, concluye.


Topografía, precipitación y vegetación: efectos diferenciados

El estudio analizó también cómo distintos factores biofísicos y humanos influyen en la probabilidad de que un área se queme. Para ello se emplearon modelos estadísticos que permiten separar efectos directos e indirectos de la topografía, la precipitación, el tipo de vegetación y la cercanía a asentamientos humanos y caminos.


“La topografía influye fuertemente en variables microclimáticas como la radiación solar, la temperatura y la humedad del combustible. En el análisis, estos efectos aparecen principalmente a través de cómo la topografía modula la sequedad y la inflamabilidad del combustible, más que por cambios abruptos en el tipo de vegetación”, afirma Barberá. Explica que, por ejemplo, laderas que miran al norte “tienden a tener combustibles más secos, por la mayor incidencia solar, lo que aumenta la probabilidad de quema independientemente del tipo de cobertura vegetal presente”. Y a su vez, “las zonas de mayor pendiente pueden arder con facilidad porque el fuego avanza a mayor velocidad cuesta arriba, y este efecto se observa en todos los tipos de vegetación”.


Un estudio de patrones de incendio en la Patagonia argentina identificó qué tipos de vegetación nativa son intrínsecamente más o menos inflamables
Probabilidad de quema en función de las variables topográficas, predicha por el modelo ambiental, donde no se incluyó el tipo de vegetación (primera fila), y por el modelo conjunto, que sí incluye los tipos de vegetación (filas dos a seis). La línea continua muestra la predicción de los modelos ajustados a los datos observados, mientras que las franjas grises y la línea discontinua muestran la distribución de la misma predicción, obtenida a partir de modelos ajustados a datos aleatorios (mediana e intervalos de colas iguales con una probabilidad del 80% y del 95%). Las predicciones abarcan el intervalo de densidad más alto del 98% de cada predictor. Los tonos rosas muestran la distribución de la variable predictora. Los porcentajes dentro de los paneles muestran el tamaño del efecto de cada predictor, con su correspondiente valor P.

Asimismo, el estudio detecta que la probabilidad de quema disminuye con la altitud y aumenta con la pendiente independientemente del tipo de vegetación. La precipitación media anual también reduce la probabilidad de incendio, pero este efecto se explica principalmente por la distribución de los tipos de vegetación a lo largo del gradiente de lluvias, y no por diferencias dentro de un mismo tipo vegetal.


Este resultado permite identificar qué comunidades vegetales son intrínsecamente más o menos inflamables más allá del clima o la topografía en la que se desarrollan.


Manejo de combustibles: oportunidades y límites

El trabajo también aporta elementos para pensar el manejo del fuego y de los combustibles. A pequeña escala, reducir la cantidad y continuidad del combustible fino y aumentar su humedad disminuye la inflamabilidad. Pero, como advierte Barberá, las intervenciones no siempre tienen efectos simples: “En los matorrales, si extraemos madera podemos disminuir la continuidad, pero al abrir la comunidad entra más luz y calor, lo que puede promover el crecimiento de pastos y secar más los combustibles cercanos a la superficie. Por eso, el manejo de combustibles en matorrales es deseable aunque requiere estrategias bien estudiadas”.


Si bien no formaron parte del estudio, el investigador comenta que, en cuanto a las plantaciones de coníferas, “hay evidencia de que un buen manejo (raleo) disminuye su inflamabilidad. En Patagonia, las plantaciones ocurren principalmente en zonas de estepa, donde no hay tanto crecimiento de gramíneas (pastos), por lo que ralearlas no genera un aumento de combustible notable por el crecimiento de gramíneas. Las plantaciones abandonadas o con escaso manejo son de los sistemas más inflamables”.


En amplias zonas poco habitadas de la Patagonia con alta carga de combustible y difícil acceso, el fuego puede propagarse con facilidad por grandes extensiones. Allí la intervención humana sin planificación también puede aumentar el riesgo, al generar más igniciones y favorecer cambios en la vegetación.


Implicancias frente al cambio climático

En un contexto de cambio climático en el que se espera un aumento de la frecuencia de condiciones atmosféricas favorables para los incendios, los resultados refuerzan la necesidad de estrategias integrales e intensivas de manejo del fuego. Entre ellas, se destacan en el estudio el manejo selectivo de combustibles en bosques sin comprometer el dosel, y la planificación del uso del territorio para generar zonas que funcionen como cortafuegos.


Finalmente, las y los investigadores aseguran que el enfoque metodológico desarrollado en este estudio es transferible a otras regiones de Argentina y Sudamérica: “Si bien los resultados específicos dependen del contexto ecológico y del régimen de fuego de cada región, el mismo enfoque puede aplicarse, considerando como factor limitante el obtener bases de datos de áreas quemadas y de cobertura vegetal a escala relativamente fina (~30 m). Pero estas bases de datos se están desarrollando cada vez más, por lo que la transferibilidad de este tipo de análisis es cada vez más factible”, finaliza Barberá.


Este tipo de investigaciones abre así la puerta a comparaciones regionales y a una mejor comprensión de los regímenes de fuego en distintos contextos ecológicos, ofreciendo una base científica sólida para avanzar en políticas y prácticas de gestión del fuego basadas en evidencia.


Acerca del SIGRIFSA

Como parte del Centro Regional del Clima para el sur de Sudamérica (CRC-SAS), el SIGRIFSA busca contribuir a la implementación de sistemas integrados de gestión de incendios forestales basados en la combinación de la ciencia y los enfoques para la gestión del fuego con aspectos socioeconómicos en múltiples niveles.